jueves 3 de noviembre de 2011

Rizoma de puchos


Estoy dejando de fumar, mas precisamente, me quedan dos puchos en un paquete que van a ser los últimos que fume. A menos que venga alguno de los pedigüeños que pueblan las calles porteñas y me manguee uno, y que yo, como de costumbre, no me niegue a regalárselo pensando en Kant y en que algún día sea yo el que esté pidiendo en la calle, sólo faltan dos fasos y termina mi etapa de fumador compulsivo. Hasta ayer me clavaba tres paquetes por día, y hoy, ayudado por unos chicles de nicotina, sólo fumé cinco. Quise empezar por bajar la cantidad porque temo que el abismo entre un pulmón repleto de humo y otro totalmente limpio pueda generarme alguna especie de implosión por la diferencia de presión, como la que le ocurre a los submarinistas que ascienden rápidamente. El “mono”, la abstinencia del delicioso tabaco amarillento endulzando mis labios, no va a ser fácil de suplir. Por momentos, lo sé, voy a querer tener un hijo para asfixiar con mi almohada o una mujer fiel y suburbana que me pida una buena paliza como para poder descargar algo de la energía, el calor quemante de los músculos contraídos por la necesidad de nicotina.

La decisión empezó el día que vi por la tele a unos médicos que mostraban de un modo sumamente explícito el funcionamiento del pulmón. Yo siempre me había imaginado a los pulmones, gracias a los libritos de anatomía de la secundaria o al propio google imágenes,  como árboles repletos de diminutos rizomas que se extendían como venas, pero no terminaba de entender que era lo que las contenía, cómo se mantenían unidas entre sí. Estos tipos, los médicos del documental, se tomaron  el trabajo de demostrarlo con gran inteligencia y sobre todo  con mucho morbo. Le sacaron el pulmón a un finado y, mediante a un inflador de bicicleta, mostraban a la teleaudiencia cómo esa bolsa gigantesca de cuero - porque los pulmones no son otra cosa que sacos de piel llenos de tubitos de distintos tamaños - se inflan y desinflan cada vez que entra el aire. Es verdaderamente asqueroso conocer el cuerpo humano, saber que somos mas parecidos a un bife de chorizo que a una madona de Rafael.

Las dos últimas razones que me condujeron a esta decisión están relacionadas con la muerte, o mejor dicho, con el sufrimiento, que a pesar de ser igualmente inevitable, conserva por lo menos cierto margen de maniobra. Todos vamos a morir, y no sabemos cuándo ni en qué condiciones ni por qué razones, pero sí podemos intentar engañarnos al pensar que cierta actitud saludable puede ahorrarnos parte del grotesco de la agonía. Mi abuela murió hace poco a la edad de ochenta y ocho años fumando mas de dos paquetes por día. Uno diría que  debería estar agradecida por haber llegado tan lejos en la línea del tiempo. Yo no. Sus últimos años los pasó literalmente pudriéndose por dentro: cáncer de laringe, de útero, metástasis derivadas, infecciones vaginales, renales, pancreáticas, tumores, laceraciones en la piel, pústulas por todo el cuerpo, etc. ¡Tenía el corazón tan destruido que hasta se le gastó la pila del marcapasos! Pienso en ella y me pregunto si de alguna forma se puede evitar el deterioro de un cuerpo que, como sabemos, tiende a la autodestrucción. Es casi estúpido pretender cuidar, de algún modo guiar, al cuerpo hacia la muerte dándole caricias. Finalmente, cualquier medicina, “cualquier cuerpo saludable no es otra cosa que un cuidado paliativo para hacer menos horrible la idea de pensar que todos nos morimos” – me dijo un médico de la “Unidad de cuidados paliativos” que “ayudó” a mi abuela en el viaje a la tumba:

- En este laburo pasás por varias etapas. Al principio, querés salvar a todos, te comprometés, llorás con ellos de alguna manera. Después, pasás a la que yo le llamo “profesional”. Ahí te chupa todo un huevo. “¡Uno más a la bolsa!”. Otro, otro. Todos morimos finalmente – penás - ¡Listo! ¡El que sigue! – Ahí me miró casi con una cara de tachero que me dio ganas de golpearlo y pensé: ¡pedazo de hijo de puta, estás matando a mi abuela ¿y encima me das clases?!” - Ya cuando te vas poniendo viejo, como yo, entrás en la etapa que yo le llamo filosófica. Ahí es cuando te tenés que retirar. Ya no pensás en el paciente como una persona, sino más bien como en una especie de reflejo de la especie. El fulano que se está muriendo – como tu abuela – habla de algún modo, a través de su experiencia única con la muerte, de todas las muertes de todos los humanos.

El otro, el segundo caso que me impacto, fue el padre de mi amigo Edu. El tipo también llego a viejo fumando desde antaño, desde que antaño era una palabra moderna. Murió a los ochenta y pico, también, pero al igual que mi abuela, su muerte no fue nada delicada. Una mañana se levanto de la cama, fue al baño, y empezó a toser y toser. Normalmente todos los viejos tosen para acomodar sus pulmones gastados y sus flemas escurridizas que empiezan a olvidarse el camino correcto por los alvéolos a través de la tráquea y finalmente contra los dietes y la lengua. Así que, como todos los gerontes, tosió para acomodarse nuevamente los mocos como todas las mañanas. Tosio y tosió, y empezó a darse cuenta que ésta no iba a ser una tos como cualquier otra, que era bastante más profunda, sonora y compleja que las normales. Tosió y tosió tanto que hasta la mujer, que normalmente dormía hasta más tarde, se levantó de la cama y se paró al lado de la puerta del baño para preguntarle que le pasaba. El tipo tosía, tosía y tosía pero la flema se rehusaba a subir, a anudarse en esa especie de bolita y dispararse por los tubitos como de costumbre. Tosió, tosió y tosió casi como si tuviese algo atorado en la garganta. Y así era de alguna forma. En su ultimo tosido, de una sonoridad gutural particularmente siniestra, escupió un pedazo de pulmón, y la maldita bolsa carnosa, ya pinchada, ya resignada a una constante presión de aire, se desinflo para siempre, junto con su vida. El tipo estaba atorándose con su propio cuerpo y fue su organismo el que resolvió suicidarse.

Ahora, lleno de bronca y de miedo como cualquier abstinente baboso con su droga, como un violador que olfatea la tanga de su presa y espera el momento adecuado para atacarla, escribo y pienso que es imposible no utilizar ningún tipo de estimulante para sentarse a pegarle al teclado. Como todos los adictos en recuperación no puedo imaginarme haciendo nada que no esté de algún modo atravesado por mi enfermedad. ¿Cómo será escribir sin el faso en la boca? Me sentaba tan bien: las cenizas sobre el teclado, el gesto con el pucho de costa lastimándome el ojo, como un periodista de una película que lleva las mangas arremangadas y transpira exprimiéndose el cerebro para sacar una nota en los encabezados. El pucho salvador de la mañana, el que me reconecta con mi realidad, una realidad ahumada, policial, de detective americano que vive en un monoambiente lleno de botellas desde que su mujer lo abandonó por no entender sus horarios, su patriotismo, su verdadero odio por los “tipos malos”, su amor incondicional por la justicia de la calle. ¡Eso! Con el faso estoy matando mis últimas gotas de héroe americano. “¿Sabían que los cigarrillos se expandieron por el mundo después de que los norteamericanos los pusieran de moda en la Segunda Guerra Mundial” – dice una gacetilla del Ministerio de Salud de la Nación. Yo no puedo ser cómplice, victima y promotor de este sistema perverso que el imperialismo ha diseñado para someternos. ¡Voy a dejar de escribir con el pucho en la boca! ¿Podré seguir escribiendo sin el humo y los paquetes y los ceniceros y los encendedores y el olor acumulado en la pilcha en las sábanas en los dientes? ¿Cómo llegué hasta el imperialismo? ¿Tanto necesito para dejar de fumar?

Miro mis dedos deslizar despacio, a conciencia se diría, uno de los dos últimos fasos. Dos elementos tan escasos que hasta se los podría nombrar. Veo a Claudio, ponele, salir girando de su útero acolchado por las fibras de un papel sostenido por una fina capa metálica que lo hace fresco y tierno. La cabeza anaranjada con chispas amarillentas se asoma rozando la punta de la cajita casi como una yegua latina apoyándote el culo en un boliche. Mis dedos me vuelven a recordar a los de mi abuela, todos doblados, casi defórmes, con articulaciones monstruosamente grandes frente al grosor del dedo. Se diría, que es inevitable que yo sufra de la artrosis como ella. Lo enciendo. El brillo de la punta se agranda y me entrega el humo inmenso de su fogata diminuta. Me estoy incendiando y me encanta hacerlo. Claudio ya se muere y me queda sólo uno antes de que esta vida de fumador se termine.

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