Consigo verlo sólo si hago una increíble fuerza con mi
estómago y lucho contra los párpados que se me van cerrando. Sé que mi último
parpadeo se acerca. Estoy casi segura que la bala me dio en un riñón y que
ahora la sangre está inundando todo mi cuerpo. En cualquier momento va a llegar
a mis pulmones y voy a empezar a toser sangre. Esas últimas caras asustadas al
ver brotar la sangre negra de mi boca serán seguramente lo último que veré. Siento
que me voy hundiendo en el vacío. A pesar de que quiero resistirme a la
somnolencia, hay una fuerza física concreta que va relajando mi cuerpo. El
Flaco me abraza y no deja de acariciarme y besarme y ya casi no puedo sentir la
presión de su abrazo contra mi cuerpo. Todos esos apretones interminables que
nos hacían creer que éramos uno solo. Uno. Lo sólido. Mi cuerpo se va apagando
y puedo sentirlo de un modo tan preciso que intentar emitir alguna palabra sería un insulto a esta sensibilidad
perfecta que me está tomando por completo.
Tengo miedo. Muchísimo miedo. No quiero que esto se termine.
El flaco no puede soltarme y sus lágrimas me inundan toda la cara casi al punto
de asfixiarme. Me hace mal verlo así pero no tengo fuerzas ni para consolarlo. El
más mínimo gesto me cuesta y creo que cualquier señal de mi parte
sería contraproducente para su estado de ánimo. Me muero. Él también lo sabe
pero no puede verlo porque quiere retener nuestro lazo un poco más. En este
segundo los dos sabemos que todo lo que venga en el futuro será peor que lo que
vivimos juntos. Me compadezco de él porque sé que su sufrimiento será mucho más
largo que el mío. Deberá cargar sobre su espalda una tonelada de momentos de
ideas de palabras de sensaciones irrecuperables. Su culito apretado desnudo, su
espalda encorvada, un brazo cruzado horizontalmente sobre el pecho y el otro
perpendicular con el pucho colgando de la mano. El humo de sus cigarrillos
dibujando trazos azules en el aire con la luz que entra por mi ventanal. No hay
Dios ni nadie que me reciba en la nada de mi ser apagándose, sólo el sollozo
del flaco y sus palabras quebradas…Mi amor! mi amor! Ludi!
Luego de un par de espasmos extraños, siento el peso muerto
de Ludi sobre mí. Sus ojos abiertos que me miran y que no me animo a cerrar. Su
temperatura que va bajando casi al punto de congelarme la piel. Busco el
tatuaje del asterisco en su cuello, le doy un beso y después le giro la cabeza
nuevamente hacia mí. La acaricio sin parar y no puedo dejar de notar una mueca
inédita en su cara. Quisiera decir que es un gesto de paz, pero no. Es la mueca
de la muerte que se burla de mí, de ella, de toda esta farsa que inventamos
para prolongar un poco más el inevitable deceso del amor. Ya es de mañana y damos
vueltas por toda la ciudad sin bajar de la camioneta. Pasamos por la puerta de varias
escuelas para ver a los votantes, sin miedo a levantar ningún tipo de sospechas
ya que el cuerpo de Ludi tapa las manchas de sangre del tapizado, y su cabeza
contra mi regazo da la impresión de que somos dos parejas que están terminando
una larga noche. En parte es cierto. A esta hora los votantes son casi todos
viejitos o jóvenes que llegan al comicio sin dormir. El agua que circula por
las canillas de la ciudad ya debería estar infectada por la droga, y en
consecuencia todos los que la hayan bebido deberían sentir sus efectos. Un
semáforo nos detiene cerca de una escuela.
Justo en la esquina, parados al descubierto del sol del invierno,
una pareja de ancianos se abraza y se besa tan exagerada y fogosamente como
unos adolescentes. Él la aprieta contra su cuerpo con un brazo, y con su otra
mano intenta capturar un pedazo de la colgante y abandonada carne del culo de
su esposa que, con la mirada perdida y el poco de saliva que puede acumular alguien
de su edad, le chuponea todo el contorno de su cuello. Un diariero, apoyado
contra un semáforo con su miembro totalmente fuera del pantalón y la pila de
diarios colgando de un bolso que le atraviesa el cuerpo, se masturba mirándolos
con cara de ternura. Hacia la mitad de la cuadra, justo sobre la escalinata
de mármol de la entrada de la escuela, un nene y una nena juegan desnudos al
doctor mientras sus padres aplauden y ríen. Los nenes, sin terminar de entender
lo que pasa, siguen metiéndose cositas mutuamente en sus agujeritos. Toda la gente que cruzamos parece estar feliz y conforme con el día
que les toca vivir.
Adentro de otros autos, en la puerta de los edificios de
departamentos, en las veredas, entrando y saliendo de las salas de votación, o en
las plazas. En los que hacen malabares en las esquinas, en los que piden
limosna, en los que usan camisas de marca metidas en sus pantalones pinzados y
viajan en automóviles calefaccionados, en los que van por la calle pateando una
pelota de fútbol. En el tono particularmente delicado de las conversaciones
callejeras, en cada forma de caminar, en cada cara, en los últimos pelitos en
la barbilla de la vieja de la esquina, en su saliva, en los globitos
transparentes que viajan por ella, en sus colores atornasolados de reflejos,
adentro, en cada molécula, en cada partícula impensable. En el todo lo humano que vemos hoy hay
algo nuevo y dulce. La ciudad florece frente a nuestros ojos llenos de lágrimas.
Alguna gente camina por la calle con cara de asustada y otra
pasa a nuestro lado tirando besos al aire y cantando canciones de publicidades.
Un policía se acerca a nosotros por atrás y se queda mirando fijamente el
cuerpo ya rígido de Ludi recostado sobre mí. Primero pienso que está mirando sus tetotas duras y me hierve la sangre. Pero no. El tipo de azul, el brazo armado
de la ley, el último eslabón en la cadena de este sistema que queremos
cambiar, mira el cadáver de mi enamorada y llora como un bebé. Con la cara
desfigurada de tristeza, se clava en mi mirada, me regala una sonrisita de
consuelo, y me saluda con la venia. Es un día invernal lleno de sol. La gente
está particularmente abierta y empática, de modo tal que cada persona que se
nos acerca, nos mira con más detenimiento del normal. En cada semáforo aparece alguien
de entre los autos y descubre que en nuestro asiento trasero un hombre va
acariciando a su mujer muerta. Alguien se está perdiendo de este día tan bello
y alguien, también, llora por una pérdida.
Avanzamos lentamente y la gente se va acumulando a nuestro
alrededor conmovida por lo que ve. Algunos tocan el vidrio y otros simplemente
lloran y agachan la cabeza. Un florista regala rosas amarillas a la gente que
nos sigue y a las pocas cuadras la parte de atrás de la camioneta ya está casi
rebalsada de flores y papelitos con mensajes. Palito rompe un silencio que
había durado horas…Si Ludi vivera sería primavera!…Los tres nos reímos y de
algún modo el vacío de esa cuarta risa enfatiza la ausencia. Por primera vez en
la vida sentimos que el mundo exterior no nos es hostil. Que las personas que
nos rodean han superado el miedo y se atreven a adentrarse en el sufrimiento
ajeno como si fuese propio. Por primera vez, también, nos damos cuenta que
nuestra búsqueda era imposible. Que el amor es siempre un lugar común. Que esa
intensidad de sensaciones en la que nos guarece, que ese abrazo sólido y dúlce,
viajero e inefable, es también el que
nos acerca al profundo sufrimiento de lo inevitable. Decidimos terminar el
velorio en la privacidad del departamento de Ludi. Estacionamos la camioneta y
subimos el cuerpo rígido con mucha dificultad por el ascensor. A pesar de que
ya hace mucho tiempo que no venimos por acá, al entrar nos atraviesa un intenso
olor a Ludi y nos miramos sin decir nada. Depositamos con cuidado el cadáver en
la cama y, sentados en torno a ella, nos quedamos los tres mirando por el
ventanal mientras escuchamos el murmullo de la multitud que empieza a
congregarse en la puerta del edificio.
FIN
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