Ella. Él. Ellos. Yo. Vos. Nosotros. Ella de nuevo. Ella, la
otra. Él, el tercero, el otro, el de al lado. La que te calienta los huevos o
la argolla desde una pantalla. Ella de nuevo. Ahora. Ella. Mi ella. Ludi. Y los
otros. No sé qué es lo que debería dolerme de verla acostarse con otras
personas. Realmente no lo sé, pero me hiere. Me muevo por todos los escenarios
posibles en mi cabeza y no llego a entender cuál es exactamente el punto de
estar obligados a poseer otros cuerpos más allá de los nuestros, de los cuales
tampoco estoy seguro de que seamos dueños. No sé todavía por qué el amor y la posesión
están tan unidos. Pienso en el deseo, en los psicoanalistas, en los cantores,
en los que escriben textos, y nada me conforma y nada calma mi angustia. El
amor nunca abunda, giro mentalmente nuevamente. Es tan escaso que parece casi
milagroso…Vale más un kilo de amor que una tonelada y media de acciones…dice
aquel viejo poeta posmoderno…Y si, tal vez las razones de su valor no estén en
la poesía o en la psicología, sino más bien en la economía. Producir amor es una empresa tan ineficiente,
que su producto nunca puede ser accesible para todos constantemente. Y no. No.
Sé que las respuestas están en otro lado. Pero para llegar a ellas tengo que
desprenderme de esta lógica que me apresa. Tengo que extirparme ese cacho de
carne en donde la razón debe tener su lugar exacto en mi cuerpo.
A pesar de que hace años que combato a mi mente, que intento
matar a las palabras evitando verme afectado por sus engañosas propuestas, no
siempre lo logro. En verdad, casi nunca consigo depurarme de letritas, de
razones, de estructuras. El bajón de pasti después de una fiesta como la de
ayer es suave en apariencia, pero en realidad me sensibiliza tanto que casi no
puedo controlar la tristeza de saber que el lazo que nos une a todos, no es tan
sólido como quisiera, no puede tocarse ni con los dioses ni con otras ideas secas.
Entiendo perfectamente la contradicción y la incomodidad de desmerecer
constantemente a las palabras como herramientas, y en simultáneo estar
escribiendo sobre eso. Y no importa si todo el universo es sentido, si toda
afirmación es palabra, si todo gesto es lenguaje. No importa, porque no creo
que la locura siempre sea una cárcel. Locura no siempre es falta de razón, y
cuando falta, no siempre es locura. Ya estoy harto de intentar transmitir lo
que siento cuando piso el terreno vacío de lo inefable. Estoy harto, pero lo
necesito para mostrarle a ella cuán profundo es mi amor, con la precisión de un
microscopio, de una poesía…
Tiene que existir una palabra para decir que te acaricio el
pelo y desaparezco. Decir, no sé, algo tan preciso como metilendioxibenzaldehido,
para describir el momento cuando fumando cigarrillos, tapados con una manta,
mirando por la ventana de tu casa, y la ciudad, mi pija, tu calor, las cosas
que pensamos, nuestras historias, la baranda del balcón oxidado del vecino, el
té en el estómago, el vapor de la droga que ya sale de nuestros poros y se hace
humo o respiración o ambiente. Poder comunicar el momento donde todo se congela,
atraparlo entre barrotes, atarlo de manos y piernas, y sacarlo a pasear por el
mundo como un fenómeno de circo. Regalarte una cajita con una palabra sólida
como ese momento, una palabra que sea un Aleph del amor, de la comunicación
perfecta. Una palabra que se evapore como un virus e infecte tu ADN con el mío,
con el tiempo, con el aire de tu casa y el de la calle y la forma de las
ventanas que vemos y el efecto óptico de la luz en nuestras retinas. Quiero la
palabra que contenga adentro y afuera, antes y después, la zona fronteriza
entre el sentimiento y el pensamiento.
Lamentablemente, siempre aparece el tiempo en el lenguaje, el
origen etimológico, el uso antiguo, el desuso, la regla que evoca la historia
de las reglas, la historia de los hombres, de sus palabras, de sus ideas
anteriores que se fueron acumulando hasta nuestros días. Las cosas, los
sentimientos, resultan imposibles de congelar. Lamentablemente, todo lo dicho
es mentira de algún modo, es impreciso y sumiso. Y este amor, al ser dicho, se da
por vencido frente al destino triste de las palabras, se sube a la cinta
transportadora del tiempo y cae al vacío.
Por eso, cuando te digo que en vos están todas las mujeres,
que me enamoré loca y estúpidamente como si todos los amores que ostento en mi
currículum no hubiesen sucedido, como si fueses miles de millones de mujeres
condensadas en un segundo. Cuando te digo que quiero todas tus risas, todas tus
angustias, todos tus miedos, que quiero que me mimes, que cuides mi corazón, que
me toques, que me hables, que me aconsejes, que seas mi compañera, compañera! Cuando
te digo que te quiero hasta el esqueleto del alma, hasta los colores infinitos
de tu imagen tiñéndome los ojos, hasta las lágrimas que deforman esa luz que me
nubla la vista. Por eso, cuando te digo todo esto, en realidad te miento. Con
sólo decirlo, te miento a vos, a mí y al que lee, aunque te juro que lo hago
sin mala intención. Lo hago porque necesito hacerlo. No sé bien por qué. Vos
dirías…No importa!
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO
Aprovecha, hermano.
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