viernes 24 de febrero de 2012

LOS SUEÑOS ˃ 08 – “Incendio"


Estamos todos sentados jugando a las cartas, conversando de mujeres, de baseball, de football, o tal vez junto a algún compañero de color discutiendo sobre basketball. Suena la alarma a todo volumen y todos sueltan lo que tienen en la mano, cortan repentinamente lo que están haciendo, y salen corriendo al sector de vestuarios. Tengo puesto el enterito, arremangado en la parte de arriba, y sólo me queda ponerme las botas, el camperón y el casco, y ya estoy listo para salir. Me tiro por el caño, siento cómo mis botas golpean el piso, y en segundos ya estamos todos montados en nuestro camión, con la sirena perforándonos los oídos, surcando las calles de la gran manzana a toda velocidad. Como siempre, el corazón me palpita a toda máquina, y trato de no pensar, de olvidarme de los riesgos de nuestra profesión, mirando a las bellas mujeres que a nuestro paso se van dando vuelta. En la parte delantera vamos sentados John Stagliano, Pierre Woodman, Ron Jeremy y yo. Son las ocho y cincuenta y un minutos del martes once de septiembre de dos mil uno. Dicen que al parecer una avioneta chocó en la torre norte del World Trade Center. A primera vista, debe ser algo grande porque nos acompañan muchas “escaleras” más; aunque nunca se sabe porque estos ricachones siempre exageran. “Tienen miedo que se les prendan fuego los billetes”, dice Ron.

Llegamos al lugar y sólo hay unas pocas dotaciones de bomberos, así que al parecer vamos a tener mucho trabajo esta mañana. Pierre y yo miramos hacia arriba con las manos en jarra y no podemos evitar decir al unísono “esto no puede haber sido una avioneta”. El espectáculo es espeluznante. La torre tiene un agujero que abarca varios pisos del cual sale una columna de humo negro profundo, lo que nos indica que en el interior del edificio se continúa desarrollando un incendio. El primer paso es ayudar a los compañeros a terminar de acordonar el perímetro porque la lluvia de cristales es incesante y es muy probable, dado su tamaño, que alguien pueda resultar herido de gravedad. Justo cuando estoy sacando la cinta amarilla con la inscripción FDNY de mi caja de herramientas, escucho un fuerte rugido a mis espaldas y a una multitud de gente gritando desesperada: “Nou! Nou! Nou!”. Me atraviesa una sombra que nubla el cielo. Mis compañeros gritan. Yo me agarro el caso con una mano, y en cuanto levanto la mirada veo un avión enorme penetrando la otra torre.

En principio el sonido es muy parecido al de un choque de autos: un golpe, el arrastre de las estructuras, el chirrido de los hierros que se doblan, los vidrios que estallan. Inmediatamente después, una bola de fuego surge desde un agujero que ya es visible en la fachada. Al segundo, una explosión gorda y redonda como el fuego precedente. Llueve un chaparrón de vidrios, de muebles, de papeles y de miles de cosas indefinibles que golpean el piso, y la gente – bomberos, trabajadores, ejecutivos, guardias de seguridad, personal de limpieza, un hippie que toca el saxo a la salida del metro – corre desesperada a guarecerse. Cuando siento el primer golpe seco, el primer temblor, me acuerdo de mi padre pegándome en las nalgas con el taco de sus zapato – “si no hay dolor no hay aprendizaje” - allá en la vieja y querida casa de mi infancia en Wisconsin, allá en la América profunda. Vuelvo a sentirlo una vez más, ahora más cerca,  y otra vez,  ahora más lejos. No se si verdaderamente no alcanzo a ver lo que está pasando, o si no puedo creer lo que veo.  Recién cuando encuentro a John agarrándose la cabeza con la mirada clavada en la mancha de carne molida, ropas y huesos saliendo hacia fuera como picos, tomo conciencia de que en la mezcla se cosas, también llueven personas.

-          Nos están atacando, John.
-          Si. Esto es obra de terroristas.

Un grito furioso se va acercando hasta convertirse en una figura, en una cara concreta que se podría dibujar en un identikit. Al golpear el suelo de granito del WTC, el cuerpo se deshace como si fuese de Play Doh y se funde contra el suelo. Durante un breve lapso, la masa continúa emitiendo sonido.
           
-          Nos están atacando, John.
-          ¡Vamos a buscarlos hasta el último rincón oscuro del mundo!
-          ¡Yeah!
-          ¡Vamos a cazarlos y a arrancarles a sus hijos de las manos!
-          ¡Yeah!
-          ¡Vamos a torturarlos, desangrarlos y después incendiar sus casas, sus ciudades, sus países y hasta todos sus recuerdos!
-          ¡Yeah!
-          ¡América vencerá!
-          ¡América vencerá!
-          ¡América vencerá!
-          ¡América vencerá!
-          ¡América vencerá!

jueves 23 de febrero de 2012

LOS SUEÑOS ˃ 07 – “Revólver"


Nos masajeamos con dos dedos la sien, respirando bien profundo, sintiendo cómo el aire entra en nuestro cuerpo y al salir nos libera de todas las cargas negativas. Inhalamos un bosque de pinos dulces, de lagos calmos, de paisajes convincentes. Exhalamos un humo oscuro, negativo, de locomotoras atravesando edificios bajos de ladrillo a la vista en un suburbio inglés del siglo XIX. Vamos sintiendo cómo los músculos se sueltan, cómo nos vamos conectando con el entorno y con. ¿Qué creés vos que es lo que te irrita tanto cuando te hablo de esos primeros años viviendo con el marido de tu madre? ¿Sentís que de alguna manera algo irresuelto aparece cuando decís su nombre? ¿A qué remite? ¿Deseo, Edipo, nombre del padre?  Yo más bien, cuando me enojo, cuando siento que se me empieza a comer la cabeza, me voy a gym y levanto, levanto, duro, así, levanto, golpeo, duro, así. Así. Ves? Hincha, inflama, duele, si duele es porque cura o porque está creciendo.

Desde donde quieras. Como quieras. Como puedas. O desde donde más te guste. Podés buscar la respuesta a este dolor interminable de estar viviendo, de ser consciente de estar viviendo, de una u otra forma. Sentándote en el banquillo de los psicoanalizados, en los almohadones de los que conectan con su respiración o metiendo la cabeza dentro de la tierra. También podés no hacer nada. O hacer todo eso junto. O cualquier otra cosa. O buscar en un Dios que esté afuera, o en uno que sea tu ego muerto, o en la iluminación del yo o del ye o del tu. La construcción es permanente y nunca se termina, nunca cierra, es imposible de asir con el cuerpo o con los pensamientos o con la mezcla de ambos. Nunca para. ¿A vos te para?

Redondo, redondo, barril que en el piso contiene una punta perfecta de plomo. Liviana y redondeada. Un piquito que parece un clítoris metálico que se va agrandando excitado, anhelante de acabar, de escupir su jugo y dar fin a esta enorme tensión, al temblequeo, a las muelas apretadas y a las manos transpirando pólvora. La bala reposa sin tiempo, como una piedra o como un horizonte, en el fondo del caño oscuro. Nada sucede hasta que el martillo ejerce su mecánica primitiva y bestial sobre el sensible culo de la bala que se suelta y sale hacia la luz, quemando su cuerpo contra los bordes de un revólver milimétricamente construido para que se desate una reacción irreversible, que sólo tiene de novedoso el hecho de adelantar aquello que cualquier caso es inevitable.

Desde adentro, el vértigo de un proceso a toda velocidad que va separando la base de su punta, como un cohete espacial diminuto que se prende fuego y se va derritiendo hasta mezclarse con el oxígeno y volver a solidificarse. Por unas milésimas de segundo atraviesa el aire, libre, casi sin significado. La imagino cantando algo estúpido y moviendo sus manitos invisibles, disfrutando de su breve vida móvil. Ya hacia el final, clava sus ojos en su objetivo, como un piloto de F16, y se proyecta entre el pelo oscuro del que hasta ahora piensa, sueña, siente, teme, ama, amasa sus ideas, las transforma en estrategias, en prácticas, en. Las primera capas de piel directamente se evaporan por el calor, y enseguida el hueso explota como si fuese de tiza. A su paso por la materia blanda y gris, el túnel que se traza va diluyendo los banquillos, los dioses, los nombres y los recuerdos. El olor de la saliva de una niña acercando su boca a la tuya por primera vez, la frescura del agua de una pileta envolviéndote, los pasos dudosos hasta los brazos extendidos de tu viejo que es pura risa y orgullo, tu dedo regordete jugando con el aire, el llanto del primer contacto con el mundo, el antes, el imposible, el cuando todo era o será, o.

domingo 19 de febrero de 2012

LOS SUEÑOS ˃ 06 – “Perro"


Canis lupus familiares es el nombre científico de ese bello animal que en apariencia ha acompañado la soledad del hombre desde tiempos inmemoriales. Los hay para todos los gustos y costumbres, y enumerar sus tipos sería una tarea casi imposible, ya que, al igual que con los seres humanos, el amplio abanico de combinaciones genéticas a lo largo de los siglos ha generado una infinita gama de exóticas fisonomías, pelambres y colores, al punto de que en ocasiones nos sea difícil afirmar si el animal que estamos viendo es o no un perro. Estos carismáticos animalillos cuadrúpedos han cumplido a lo largo de la historia con el principal requisito para conservar su vida en un mundo en el cual los humanos son los únicos dioses visibles con capacidad de decisión respecto de qué especies viven o mueren en nuestro planeta, más allá de la sabia naturaleza que en más de una ocasión ha favorecido – por ejemplo evitando que nos cruzásemos con los dinosaurios. Su fidelidad comprobada en miles de historias – como aquella del repartidor de garrafas que murió y cuyo perro prosiguió haciendo el recorrido del reparto incluso años después de muerto – sigue siendo, por un lado, lo que los mantiene en la tierra, pero por el otro, lo que hace que los amemos con tanta incondicionalidad. 

Max Warhammer, un norteamericano de origen alemán, fue toda la vida un fanático amante de los canes. De carácter osco y siempre apartado de sus congéneres, puede decirse que Max era más amigo de los perros que de los hombres. Dicen que de chico pasaba casi todo el día dando vueltas por el pueblo con su Labrador dorado Whoswis y que nunca hablaba con nadie excepto con él. Algunos de sus biógrafos atribuyen esta incomunicación a su falta de conocimientos de la lengua inglesa, aunque sus altas calificaciones escolares darían por tierra con esta teoría. Llegó de Europa junto a sus padres a la temprana edad de tres años, y siempre vivió en su casa de las afueras de Bayou Goula, en el estado de Louisiana. Dedicado completamente a la actividad agropecuaria, no le fue difícil llenar cada vez de más perros la propiedad familiar – dicen algunos habitantes del pueblo que antes de ejercer su metamorfosis tenía unos ciento once perros.

Una vez muertos sus padres, su fanatismo pareció profundizarse cada vez más, al punto de que en muchas ocasiones podía vérselo caminar por su granja completamente desnudo y hasta inclusive compartir platos de carne cruda con sus animales. La dejadez y el deterioro tanto físico como edilicio se fueron incrementando en la medida en que Max pasaba cada vez más tiempo viviendo como un verdadero perro. Si bien la transformación era cada vez más evidente, los bayouneses se sorprendieron cuando Max decidió alquilarle la granja a un forastero cuyo único deber como inquilino sería servir la comida para él y su jauría. Los pueblerinos, aturdidos y temerosos de todo por naturaleza, en principio no supieron cómo tomar la noticia de que el señor Warhammer era ahora un perro. Con el tiempo, y gracias a la aprobación del ministro Bautista de la comunidad - que aseguró que “el perro está en la naturaleza del hombre y viceversa, pero ojo con los invertidos porque a esos sí que los empalamos con nuestros tridentes – pudieron aceptarlo y seguir sus vidas normalmente.

Hoy, Max es considerado la mascota predilecta del pueblo, y todos los habitantes preparan siempre un plato de guisantes con carne asada que era su platillo predilecto cuando humano. Ha calado tan hondo su presencia en esta bella y rural población, que en la entrada principal han puesto un cartel que anuncia: “Bayou Goula: hogar del primer hombre perro del mundo y del can más longevo”




sábado 18 de febrero de 2012

LOS SUEÑOS ˃ 05 – “Gato"


En los televisores del subte de Buenos Aires, pasan unos micros televisivos de cuatro minutos sobre “historias de marketing exitoso”. El programa es básicamente un tipo sentado en un escritorio que cuenta de qué manera un determinado producto o empresa llegó a cobrar fama mundial o local. En este contexto, quienes esperamos el subte a menudo, nos hemos podido enterar de la historia de Enzo Ferrari, de cuándo comenzó el sponsoreo de camisetas de fútbol, y también del origen de la empresa que relato a continuación:

Difícilmente puede saberse “lo que quiere la gente”. A menos que se tenga un montón de dinero para moldear los gustos del consumidor, llenándole la cabeza con un constante bombardeo de basura publicitaria, de estereotipos para retrasados afectivos, o de programas de TV que promuevan el abandono completo de la inteligencia humana; parece casi imposible predecir los gustos de las personas. Por supuesto que está lleno de encuestadores políticos o empresariales que realizan estudios y que, con cierto margen de error, aspiran a prever comportamientos sociales. Lo cierto es que sus métodos sólo funcionan porque son socios de las propias empresas o de los mismos políticos que finalmente van a moldear los cerebrines de todos nosotros, los simples mortales, con sus ideologías y sus targets de mercadeo. Por esta razón es que “el dinero llama al dinero” y la pobreza a su hermana menor, la miseria. Y es por este mismo motivo que si uno no cuenta con una buena cantidad de contactos y un suministro permanente de efectivo, resulta muy penoso iniciar un negocio desde cero.

Envuelto en estos pensamientos fue que Miguel Arriaga llegó a la conclusión de que si quería abrir un nuevo negocio – luego de fundirse con parrilla vegetariana en Palermo -  tenía que ser en un rubro totalmente probado que le garantizase un rápido reestablecimiento de su patrimonio. Caminaba ensimismado, con la cabeza metida en el piso de la avenida Corrientes, volviendo del estudio de su abogado, cuando una adolescente dominicana se le acercó y le entregó un volante de un cabaret. Tomó el papelito rectangular con el dedo índice y el pulgar, lo miró – “$30 con participación / foto real”. El cimbronazo fue automático. Las manos le transpiraban y todo el cuerpo le empezó a temblar. Estaba sintiendo una revelación, un segundo de conexión con el cosmos. Todas sus ideas se amalgamaron en una, y el sistema capitalista le regaló un minuto de inspiración comercial absoluta. Ya lo tenía: su próximo rubro sería el más antiguo de la tierra adaptado a uno de los más modernos formatos. Iba a regentear un sitio de prostitutas online.

Lo primero que hizo al llegar a su casa fue empezar a investigar qué había y qué “nichos” estaban faltando en el popular mercado de la prostitución online. La liberación en los nombres de dominios de Internet lo favoreció sobremanera ya que en lugar de abrir un puntocom o un puntonet o un puntocompuntoar, pudo darse el lujo de sacar uno cuyo delicado nombre iba a garantizarle  - como ahora sabemos - la cantidad y la calidad de visitantes que necesitaba para hacerse millonario. Como ya habrán deducido, se trata de www.gatos.put.

Espero que les haya gustado la historia.
Que tengan un buen viaje.

(si te interesó este número, tal vez te guste el “78 – Puta”)



viernes 17 de febrero de 2012

LOS SUEÑOS ˃ 04 – "La cama"

Saltos ornamentales, sexo casual, cuadrúpedo, bípedo, pedo de. Matinal, sudado, nocturno, alcoholizado con balde al costado, alcoholizado con risas, alcoholizado con impotencia, ácido distraído, ecstasiado dulce y falso, de faso, maquinal american psycho, espejo o pantalla apagada de televisor convidando una cara desorbitada de un cuerpo en reverse cowboy. Dura, blanda, aterciopelada, hundida, cansada, con sus fleges rotos, o a estrenar: ”¿das vuelta el colchón cada seis meses?”. Turca, litera, cucheta, sommier, futón, queen, sofá cama, plegable, de agua, elástica, king, burguer. Desayuno con mediaslunas y café, bandeja con patitas, brunch con quesos, merienda romántica de día de lluvia, cena tal vez viendo una película de terror. Café, té, mate, vino, champán. Chocolatín de menta en un buen hotel, caramelo duro en uno de poca monta, cucaracha en el malo. Todo eso, y seguramente muchas otras ideas, llegan a la mente de la mayor parte de la gente cuando se le habla de “la cama” - es probable también que aquellos que estén más atravesados por la psicología o por su hermano gay “psicoanálisis”, pensarán inclusive en la depresión. Pero para mí no es así. Para mí, mi cama es mi tumba.  Mi tumba en vida.

Al principio, digamos durante el primer año, parece casi ideal. Gracias a las facilidades de la Internet - antes un tipo como yo hubiese muerto- podés trabajar, podés comprar de todo, y hasta podés mantener tus lazos sociales casi intactos a través del Face y del MSN. Si sos alguien como yo, que no practica deportes, que no tiene muchos amigos en el mundo real, y que por supuesto no coje, tu situación es casi igual que la mía a excepción de que en mi caso el sedentarismo y la soledad son explícitos y, diría, comprensibles. Así que, como decía, durante el primer año no noté la diferencia desde el punto de vista social y laboral, aunque sí físicamente. Cuando logré armar todo para “acostarme” pesaba unos ciento treinta kilos, y ya al año había casi duplicado mi tamaño.  

Me “acosté” ya hace siete años y nunca más salí de mi casa. Hago nueve comidas diarias, escribo aproximadamente catorce hojas de Word por día, y hace años que no me masturbo - la última vez que vi mi pene, Facebook todavía no existía. Desde que murió mi vieja, durante el segundo año de mi “acostada”, me visitan entre amigos y parientes, unas cinco veces por año. Después estoy siempre solo y metido en la cama, “acostado”, como me gusta decir. Tengo portero eléctrico abajo y en la puerta de mi departamento para poder dejar entrar a los deliverys; y todas las mañanas viene una señora a lavarme y a limpiar la casa. Bah, en realidad sólo limpia la habitación, me pasa un trapo por los pliegues y vacía mi chata repleta de restos sólidos, sangre y, últimamente, pus.

Creo que ya debo pesar más de cuatrocientos cincuenta kilos, pero como no hay manera de pesarme, no puedo saberlo con precisión. Creo que no falta mucho para que desfonde el piso y le caiga encima a la pareja de abajo - a veces él le grita "¡dale puta! ¡abrite bien que te quiero partir! y yo trato de moverme en la cama para ver si logro caerles encima y aplastarlos. Los gringos que son como yo no tienen esta posibilidad porque suelen vivir en casas. Hace un año escribí a un programa de televisión de allá que se llama "Half Ton Dad" (papá de media tonelada). Consiste en la historia de un tipo que sufre de obesidad mórbida, y de cómo un grupo de doctores lo intentan ayudar a bajar de peso. Todavía estoy esperando su respuesta. "Half Ton Dad" acaba de morir. Sus hijos lo lloran mientras comen hamburguesas. Todavía hay esperanza para mi.