martes 7 de febrero de 2012

lo sólido y lo fluido

El aire ruge
continuo
adentro y afuera
de nuestros cuerpos
de nuestro tiempo
de aquello que podemos capturar
en poesía

lo sólido y lo fluido

más allá de nosotros
de nuestros nombres
de los límites
aparentes entre
una cosa
y otra
cosa

más allá de mis propias
ganas
y de las tuyas
e inclusive más
allá
del tiempo
de sus flechas
que parten al medio
el día
más allá
de ese sol
de esas marcas
que va dejando
en el suelo
el muy boludo
el muy fundamental

más allá de la luna
de la guerra de los sexos
del galan de moda
de la utopía fúnebre
o alegre y juvenil
febril
más allá del
geométrico horizonte
o del sentido
del mar pretérito
hundiendo la imperfecta
tierra
en tantos
accidentes

lo sólido y lo fluido

En la enunciación de la cosa
en la cosa misma
en su reflejo
en su idea
en su textura
en sus átomos
en su descomposición
permanente
o en su forma difusa desde el espacio

en la palabra que lo nombra
en su silencio
en su ser
en su olvido

lo sólido y lo fluido

Desde la voz que se esfuerza por
cobrarle un ramo de horas
al tiempo
arrancarle a las piedras
su dolor
a los perros su amor
y a las estrellas
figuras de hombres o de
sueños

lo sólido y lo fluido

En el medio
hundiéndose
a pesar del
amor
que lo sostenga

lo sólido y lo fluido

Entredientes
abriéndose
buscando
pariéndose apenas
doblado en su refugio
tristón
o lúcido,
sin causas dignas
de tomarse en cuenta
como es habitual.

lo sólido y lo fluido

Me siento y espero a que
aparezca lo real
la molécula
el instante en el cual
las placas tectónicas
se animen a derretirse
se dinamicen
se atrevan a existir
para mi concepto
para mi brevedad
en el mundo
o simplemente
para sí mismas

lo sólido y lo fluido
como mantra
lo sólido y lo fluido
como última línea

lo sólido y lo fluido
como arma
lo sólido y lo fluido

las ganas de llorar
me rebalsan




martes 22 de noviembre de 2011

Certezas


Camino por  Bernardo de Irigoyen desde Constitución hacia el lado del centro, del obelisco, de las diagonales. Llevo los bigotes todavía algo afectados por esa mezcla indescriptible de olores entre transpiración y útero que mi enamorada me regaló esta mañana gracias a su juventud, gracias a su enamoramiento brutal, a su necesidad de mi falo fanático, también, de sus jugos. Pienso en ella, en nuestros planes, en los hijos futuros, en la codicia digna, en vender por la mayor cantidad de dinero posible la menor cantidad de mi tiempo al sistema. Camino, como decía, veo mi camisita profe de yoga, suelta, veraniega, mi pecho bronceado, mi pantalón al viento, mis alpargatas rozando el suelo, y con la mano derecha tanteo el fajo de billetes en mi pierna izquierda. Tengo casi mil pesos en el bolsillo y ando en alpargatas, me digo. Cague al sistema, me digo. Me detengo en un semáforo y el sol blando de la tarde me acaricia la piel mientras una sombra alargada ratifica mi lugar en el mundo. Soy yo. Me siento bien, tengo unos mangos, unas alpargatas y este sol que es mío ahora. Miro hacia arriba, hacia el horizonte se podría decir en otras circunstancias, y veo la cara gigante de evita que está dibujada en la fachada del Ministerio  de Desarrollo Social de la Nación Argentina, sobre la 9 de Julio, en medio del medio de Buenos Aires. Mejor ella que un cartel de Sprite, me digo. Mejor ella que nadie, me digo, emperonado, emperocinándome mientras en segundo plano descamisados en blanco y negro comen y exigen a los poderosos lo que es de ellos. Los autos pasan, el calor de la tarde es lo suficientemente suave como para relajar los músculos y mantener la piel seca. Estoy contento.

Me alegra saber que en este momento me ampara la solidez de las certezas. Certezas de amor, de dinero, de evitas, de alpargatas – ¡sí! - al sol de la tarde de mi Buenos Aires querido. ¿Cuanto puede durar todo esto? ¿Cuando va a empezar a destruirse este sol, este amor, estos billetes, esta perfección de bermuditas y pancitas llenas peronistas? ¿Que cosas lo destruirian? ¿Cuánto le duro la felicidad al tipo que ayer atravesó de  tiros a sus hijos, delante de su esposa, y después de matarla se arranco la sien y el cuero cabelludo con una bala. ¿Cuanto tiempo dura una certeza en estos tiempos? Aquí y ahora, parado, deteniendo de algún modo la alegría, cuánto puedo estar sin moverme, sin que nada se mueva. Reanudo la caminata con los ojos clavados en el piso, cruzo la calle Chile, la estación de servicio, el villerío de tipos que revisa la basura, y justo cuando levanto la vista un cartel, con la palabra Certezas escrito en rojo, me detiene. La marquesina se completa con una frase escrita en blanco con otra tipografia: "librería cristiana"  Claro, me digo. Certezas, librería cristinana, completo.

En la vidriera todo es previsible y de algún modo cierto. Jesús, los santos, los evangelios para todas las edades y tendencias en la moda episcopal o en el estilo colegio chupacirio o cristiano boludo posmo tipo poca culpa y mucha mística. No hay nada ahí que pueda de algún modo demostrar que exista una conexión entre mi pensamiento previo acerca de las certezas y el nombre de la librería. No. No hay nada.  Nada. Nuevamente ese maldito Dios se niega a aparecer ante mí para darme algo de esperanzas sobre el futuro, para decirme que la felicidad se puede prolongar y ampliar como una casa del conurbano construida por unos italianos cansados y luchadores. Nuevamente este minuto de alegría, de solcito enamorado, va a diluirse en el tiempo para perderse como cualquier otra cosa insignificante, como un aviso fúnebre del año mil novecientos tres o la copa que le rompiste a tu abuela cuando eras chico. No hay señales de Dios o Dios no atiende en este librería, o no da señales, como siempre, me digo.

Eso creo por lo menos hasta que veo detrás de un aburrido mostrador al fondo a la única persona en todo el salón; una morocha de rulos, de naricita parada, de ojos negros bien redondos, de tetas apretadas, toda pintarrajeada.  Se lima las uñas más como una puta que como experta en temas de la divina trinidad celestial. Más pidiendo verga que cruces. Su presencia aputasada me convence de entrar. Entro. Hago que miro un libro o dos. Le hablo. Miento. Bromeo. Le clavo palabras y miradas como garras en el cuello, en las tetas, en la boca. Dejo las excusas y los libros. Las palabras en esta parte ya son pocas. Solo puedo decir que hay una llave que traba, un piso de alfombra polvoriento con dos zapatillas eléctricas y varios transformadores, un mostrador que nos cubre, un cuerpo completamente pintado de tonos tierra, de suave sudor, de espesuras líquidas, de redondeces rígidas, de músculos en contracción y dilatación, de sonrisas, de ojos en ojos, de dientes babosos, de lenguas ya secas.

Canilla. Higiene genital. Teléfono anotado bajo el nombre "Jesus Cristiani". Beso dudoso en la boca. La llave que destraba la puerta del local. La calle. La mirada en el piso que va convirtiendo las rayitas de las amarillentas baldosas madrileñas en franjas oscuras. Nuevamente no creer en nada. Y ese “no creer en nada” convirtiéndose en una certeza frágil como lo real, como el chicle seco pegado justo sobre el filo metálico de la escalera que me hunde
en el subte
a veces
no cobran
esto es raro
pero es cierto

dicen que es por un problema
sindical

no lo creo

mas bien pienso
que es un experimento social
para ver si cuando no hay
autoridad
la gente
paga
o no
su boleto.



jueves 3 de noviembre de 2011

Rizoma de puchos


Estoy dejando de fumar, mas precisamente, me quedan dos puchos en un paquete que van a ser los últimos que fume. A menos que venga alguno de los pedigüeños que pueblan las calles porteñas y me manguee uno, y que yo, como de costumbre, no me niegue a regalárselo pensando en Kant y en que algún día sea yo el que esté pidiendo en la calle, sólo faltan dos fasos y termina mi etapa de fumador compulsivo. Hasta ayer me clavaba tres paquetes por día, y hoy, ayudado por unos chicles de nicotina, sólo fumé cinco. Quise empezar por bajar la cantidad porque temo que el abismo entre un pulmón repleto de humo y otro totalmente limpio pueda generarme alguna especie de implosión por la diferencia de presión, como la que le ocurre a los submarinistas que ascienden rápidamente. El “mono”, la abstinencia del delicioso tabaco amarillento endulzando mis labios, no va a ser fácil de suplir. Por momentos, lo sé, voy a querer tener un hijo para asfixiar con mi almohada o una mujer fiel y suburbana que me pida una buena paliza como para poder descargar algo de la energía, el calor quemante de los músculos contraídos por la necesidad de nicotina.

La decisión empezó el día que vi por la tele a unos médicos que mostraban de un modo sumamente explícito el funcionamiento del pulmón. Yo siempre me había imaginado a los pulmones, gracias a los libritos de anatomía de la secundaria o al propio google imágenes,  como árboles repletos de diminutos rizomas que se extendían como venas, pero no terminaba de entender que era lo que las contenía, cómo se mantenían unidas entre sí. Estos tipos, los médicos del documental, se tomaron  el trabajo de demostrarlo con gran inteligencia y sobre todo  con mucho morbo. Le sacaron el pulmón a un finado y, mediante a un inflador de bicicleta, mostraban a la teleaudiencia cómo esa bolsa gigantesca de cuero - porque los pulmones no son otra cosa que sacos de piel llenos de tubitos de distintos tamaños - se inflan y desinflan cada vez que entra el aire. Es verdaderamente asqueroso conocer el cuerpo humano, saber que somos mas parecidos a un bife de chorizo que a una madona de Rafael.

Las dos últimas razones que me condujeron a esta decisión están relacionadas con la muerte, o mejor dicho, con el sufrimiento, que a pesar de ser igualmente inevitable, conserva por lo menos cierto margen de maniobra. Todos vamos a morir, y no sabemos cuándo ni en qué condiciones ni por qué razones, pero sí podemos intentar engañarnos al pensar que cierta actitud saludable puede ahorrarnos parte del grotesco de la agonía. Mi abuela murió hace poco a la edad de ochenta y ocho años fumando mas de dos paquetes por día. Uno diría que  debería estar agradecida por haber llegado tan lejos en la línea del tiempo. Yo no. Sus últimos años los pasó literalmente pudriéndose por dentro: cáncer de laringe, de útero, metástasis derivadas, infecciones vaginales, renales, pancreáticas, tumores, laceraciones en la piel, pústulas por todo el cuerpo, etc. ¡Tenía el corazón tan destruido que hasta se le gastó la pila del marcapasos! Pienso en ella y me pregunto si de alguna forma se puede evitar el deterioro de un cuerpo que, como sabemos, tiende a la autodestrucción. Es casi estúpido pretender cuidar, de algún modo guiar, al cuerpo hacia la muerte dándole caricias. Finalmente, cualquier medicina, “cualquier cuerpo saludable no es otra cosa que un cuidado paliativo para hacer menos horrible la idea de pensar que todos nos morimos” – me dijo un médico de la “Unidad de cuidados paliativos” que “ayudó” a mi abuela en el viaje a la tumba:

- En este laburo pasás por varias etapas. Al principio, querés salvar a todos, te comprometés, llorás con ellos de alguna manera. Después, pasás a la que yo le llamo “profesional”. Ahí te chupa todo un huevo. “¡Uno más a la bolsa!”. Otro, otro. Todos morimos finalmente – penás - ¡Listo! ¡El que sigue! – Ahí me miró casi con una cara de tachero que me dio ganas de golpearlo y pensé: ¡pedazo de hijo de puta, estás matando a mi abuela ¿y encima me das clases?!” - Ya cuando te vas poniendo viejo, como yo, entrás en la etapa que yo le llamo filosófica. Ahí es cuando te tenés que retirar. Ya no pensás en el paciente como una persona, sino más bien como en una especie de reflejo de la especie. El fulano que se está muriendo – como tu abuela – habla de algún modo, a través de su experiencia única con la muerte, de todas las muertes de todos los humanos.

El otro, el segundo caso que me impacto, fue el padre de mi amigo Edu. El tipo también llego a viejo fumando desde antaño, desde que antaño era una palabra moderna. Murió a los ochenta y pico, también, pero al igual que mi abuela, su muerte no fue nada delicada. Una mañana se levanto de la cama, fue al baño, y empezó a toser y toser. Normalmente todos los viejos tosen para acomodar sus pulmones gastados y sus flemas escurridizas que empiezan a olvidarse el camino correcto por los alvéolos a través de la tráquea y finalmente contra los dietes y la lengua. Así que, como todos los gerontes, tosió para acomodarse nuevamente los mocos como todas las mañanas. Tosio y tosió, y empezó a darse cuenta que ésta no iba a ser una tos como cualquier otra, que era bastante más profunda, sonora y compleja que las normales. Tosió y tosió tanto que hasta la mujer, que normalmente dormía hasta más tarde, se levantó de la cama y se paró al lado de la puerta del baño para preguntarle que le pasaba. El tipo tosía, tosía y tosía pero la flema se rehusaba a subir, a anudarse en esa especie de bolita y dispararse por los tubitos como de costumbre. Tosió, tosió y tosió casi como si tuviese algo atorado en la garganta. Y así era de alguna forma. En su ultimo tosido, de una sonoridad gutural particularmente siniestra, escupió un pedazo de pulmón, y la maldita bolsa carnosa, ya pinchada, ya resignada a una constante presión de aire, se desinflo para siempre, junto con su vida. El tipo estaba atorándose con su propio cuerpo y fue su organismo el que resolvió suicidarse.

Ahora, lleno de bronca y de miedo como cualquier abstinente baboso con su droga, como un violador que olfatea la tanga de su presa y espera el momento adecuado para atacarla, escribo y pienso que es imposible no utilizar ningún tipo de estimulante para sentarse a pegarle al teclado. Como todos los adictos en recuperación no puedo imaginarme haciendo nada que no esté de algún modo atravesado por mi enfermedad. ¿Cómo será escribir sin el faso en la boca? Me sentaba tan bien: las cenizas sobre el teclado, el gesto con el pucho de costa lastimándome el ojo, como un periodista de una película que lleva las mangas arremangadas y transpira exprimiéndose el cerebro para sacar una nota en los encabezados. El pucho salvador de la mañana, el que me reconecta con mi realidad, una realidad ahumada, policial, de detective americano que vive en un monoambiente lleno de botellas desde que su mujer lo abandonó por no entender sus horarios, su patriotismo, su verdadero odio por los “tipos malos”, su amor incondicional por la justicia de la calle. ¡Eso! Con el faso estoy matando mis últimas gotas de héroe americano. “¿Sabían que los cigarrillos se expandieron por el mundo después de que los norteamericanos los pusieran de moda en la Segunda Guerra Mundial” – dice una gacetilla del Ministerio de Salud de la Nación. Yo no puedo ser cómplice, victima y promotor de este sistema perverso que el imperialismo ha diseñado para someternos. ¡Voy a dejar de escribir con el pucho en la boca! ¿Podré seguir escribiendo sin el humo y los paquetes y los ceniceros y los encendedores y el olor acumulado en la pilcha en las sábanas en los dientes? ¿Cómo llegué hasta el imperialismo? ¿Tanto necesito para dejar de fumar?

Miro mis dedos deslizar despacio, a conciencia se diría, uno de los dos últimos fasos. Dos elementos tan escasos que hasta se los podría nombrar. Veo a Claudio, ponele, salir girando de su útero acolchado por las fibras de un papel sostenido por una fina capa metálica que lo hace fresco y tierno. La cabeza anaranjada con chispas amarillentas se asoma rozando la punta de la cajita casi como una yegua latina apoyándote el culo en un boliche. Mis dedos me vuelven a recordar a los de mi abuela, todos doblados, casi defórmes, con articulaciones monstruosamente grandes frente al grosor del dedo. Se diría, que es inevitable que yo sufra de la artrosis como ella. Lo enciendo. El brillo de la punta se agranda y me entrega el humo inmenso de su fogata diminuta. Me estoy incendiando y me encanta hacerlo. Claudio ya se muere y me queda sólo uno antes de que esta vida de fumador se termine.

martes 25 de octubre de 2011

Socialismo o muerte

Cuando los pistoleros frotaban sus manos y afilaban sus gatillos sobre las ruinas del muro, mi abuela me dijo que no estaba terminado, porque los síntomas perdurarían, porque en su fe nacional/católica entendía la potencia de las fuerzas que nos mueven. ahora está muerta.





Socialismo

no es la libertad
solamente es un modo
de repartir
el Apocalipsis

de sacar los gorgojos
de la harina
y distribuir la miseria
amasándola
y friéndola
en tortillas

es la división de los panes
es el vino aguado
es aceptar
que nadie resucita
en sus hijos

es lo que ya saben
los que atan sus cordones
con espaguetis
congelados
cada mañana

hacer el amor
a la luz de velas
inevitables
y sentir el infinito
de la piel
sin pensar en el vaho
ajeno
de unos calzoncillos
prestados

soltar todo sin largarse
sin ocultar nuestras
oscuras perlas
y reírnos a carcajadas
de la culpa
del miedo
del cinturón en la espalda
mientras labra lazos rojos
en nuestras almas

no es ideología
ni poesía
ni fantasía

es lo único que nos queda




o muerte

fuimos polvo
en el mundo polvoriento
de los oficios
y de las guerras
divinas

fuimos bronce
en el mundo de los bustos
y de las estatuas
y de los libros
que advertían
del futuro

ahora
ya somos sólo letras
rotas
trocitos de ideas
microscópicas
que se vuelven con el viento
hacia la tierra
penetrando los poros
de los vivos

fecundándolos
con intangible
desesperanza

la muerte
tan irreal
para los vivos
como la vida
es un episodio
marginal
y olvidado

sin cielo
sin infierno
la muerte es agua
disolviéndose
en el agua

una escena dolorosa
de la decadencia
y del deterioro
humanos
o en todo caso
la ausencia
de un olor familiar
que nos arranca
pedazos
de futuros hipotéticos
de conversaciones
imposibles

la muerte para quien muere
no se sabe
no puede saberse
no debe saberse

porque ésta duda
es la única
forma
conocida

de
libertad

viernes 7 de octubre de 2011

POEMAS EN VOZ ALTA PARA FUMADORES DE MARIHUANA


ADVERTENCIA: El presente trabajo, como indica desde su título, está pensado para ser leído en voz alta a personas afectadas por la marihuana. La transgresión de algunos de los términos del enunciado será contraproducente para el poema. Se anotan entre corchetes los tonos y gestos adecuados para una lectura efectiva.


La vida

una bolsa de basura
reposa sobre
el asfalto
empapado

saliendo de mi primera
terapia lacaniana
encontré a Artaud
diciéndome
lo mismo
que yo
ya
ye
yi
yu

pensaba

lo que pienso
[dedetenerse aquí sin fingir nada]
[libertad expresiva total]
[Tú mismo!!!!!!!!!!]

Que habrá
un abismo
incalculable
entre nosotros
entre vos y yo
e incluso
entre mis propios
yoes

eso me dijeron
por ahí

también
que
los que se salvan
del dolor
mienten

una mosca bebe
de los pliegues
donde se junta el agua
en el plástico negro
de mi bolsa mundo
inspiración
empleo
sitio concreto
en el globo
ahí
en
tu ordenador

acá te lo paso

¿lo ves?

¿no?
es que tal vez
no está ahí
tampoco
debo haberme
equivocado
como tantos otros
no pasa nada
¿no?
¿será que
en los pliegues de un cuello?
¿será que en las dos últimas
letras de un libro escrito
por los más nobles
precisos
y sensibles
profetas
de todos los tiempos?

No sé

Para mí,
que no puedo ser
objetivo,
que soy
un cuadro partido por una mira
un target de audiencia
una victima inocente
un mártir olvidado,

está en el futuro
que se revela
intuitivamente
cuando

creo









martes 4 de octubre de 2011

POEMAS EN VOZ ALTA PARA FUMADORES DE MARIHUANA


ADVERTENCIA: El presente trabajo, como indica desde su título, está pensado para ser leído en voz alta a personas afectadas por la marihuana. La transgresión de algunos de los términos del enunciado será contraproducente para el poema. Se anotan entre corchetes los tonos y gestos adecuados para una lectura efectiva.

Necesitas un consejo

[poema para ser recitado con la voz suave y complaciente de un santo new age]

no entiendo al chino
ni a mi vecino
ni el ladrido de un perro
ni las melodías que va dejando
mi propia voz
en el aire

no entiendo a mi amada
ni entiendo el amor
ni entiendo
por qué
nos morimos
por qué carajo estamos vivos
no entiendo

[pausa y sonrisa de borracho melancólico]

no sé,
tal vez
me chupa un huevo
entender
nada

[piensa]

quiero comerme un
sanguche de milanesa
metido en una esquina
del Once
y reírme de esos cretinos
que llevan tatuajes
en los dedos

dicen a
en el índice
m
en el mayor
o
en el anular
erre
en el chiquito

amor dicen sus dedos
y mi cerebro
dice:

sacrificio y tiempo.

[dedos como comillas]

"ganarás el pan
en el sabor de una frente
sudarás los mantras
los omes
los empleos temporarios
los horarios diurnos
los jefes y los críos
los billetes y 
la meditación de un
rezo que
aguante la tristeza
de vivir"

así
aprendiendo de memoria
estos versos
repitiéndoselos
a tus amigos
pagarás tu pedazo
de piedad
el pilar esquivo
donde recostar
el cadáver
que arrastramos
desde el principio




jueves 29 de septiembre de 2011

POEMAS EN VOZ ALTA PARA FUMADORES DE MARIHUANA


ADVERTENCIA: El presente trabajo, como indica desde su título, está pensado para ser leído en voz alta a personas afectadas por la marihuana. La trasgresión de algunos de los términos del enunciado será contraproducente para el poema. Se anotan entre corchetes los tonos y gestos adecuados para una lectura efectiva. 

Liviandad
[poema para ser leído con el espíritu de quien acaba de eyacular en el interior de una pendejita posmoderna] 

[con voz de adolescente que todavía no controla su registro]
bueno che!
no seas así!
tan serio!
las cosas ya no son
tan rígidas

no ves que ya pasaron
esas épocas
en las cuales cada cosa
ocupaba un sólo lugar

ahora tenemos 
internet
y porno libre
y sexo sin forro

ahora todo convive
con armonía y con luz
como en un sueño
como en un supermarket

ahora 
cada persona es un mundo
y estamos todos juntos
todo el tiempo
en todos lados

¿no ves que todo es más liviano así?

[silencio]
[entra el narrador ofendido y con gesto de huevos livianos]

¿liviano?

¡¿liviano?!

liviano es también 
el último suspiro
de un pibito
que se muere de leucemia

liviana es la angustia
que perfora el alma
de un payaso
encerrado de por vida
en una 
liviana
carpa de circo

liviano es el circo
de la tele
y la comedia
que corroe tu cerebro
liviano

liviano es un lechazo
que fecunda un óvulo
negro
destinado
a la liviandad 
del látigo

¿liviano?

yo,
como esos tipos
de antes
creo en lo duro
del músculo
que late

y el amor nunca es liviano

por amor mi brazo atravesó
muchos vidrios
y se llenó de tajos

por amor
ciento trece puñaladas
perforaron la carne de una
Alicia
partiendo al medio
al pugilista 

por amor San Jorge
se hizo cojer
por un drogón
y salvó a su amada

por amor también
jinetes ocultos
ardieron para siempre
la ciudad de las mujeres
soles

por amor 
dejé de respirar incontables veces
por amor 
me arranqué los huesos
a través de la carne

por amor,
sobre el amor,
desde el amor,
hasta el horizonte 
parece pesado


jueves 8 de septiembre de 2011

POEMAS EN VOZ ALTA PARA FUMADORES DE MARIHUANA


ADVERTENCIA: El presente trabajo, como indica desde su título, está pensado para ser leído en voz alta a personas afectadas por la marihuana. La trasgresión de algunos de los términos del enunciado será contraproducente para el poema. Se anotan entre corchetes los tonos y gestos adecuados para una lectura efectiva.


La hoja en blanco 
[poema para ser leído con la frustración de no poder escribir y buscar en vano una respuesta en el lejano oriente]

entiendo esa forma de decir:
[poner los dedos como comillas]:
“la nada frente a tus ojos”
“la libertad de no saber”
“lo futuro”
“crear algo de la nada”

“la hoja en blanco”

la luz blanca
la pantalla en blanco
lo blanco
blanco
blanco
blanco
zen

¡¿zen?!

¡¿ying?!

¡¿yung?!

hor
mi
gui
tas

viaj eras
de li cio sas

así

manchan lo blanco
con miles de caricaturas
que habitan
ahí
así
en mi hormiguero
dibujando caras desconocidas
como esas que vemos en sueños
y no logramos recordar
si son reales
o el fruto inconsciente
de una mezcla entre varias
[cambiando el énfasis en cada repetición]
caras desconocidas
caras desconocidas
caras desconocidas

¿las reconoceremos cuando estemos despiertos?
¿algún día lo haremos?
¿despertaremos?
¿hormiguitas?


¿dónde estaban antes esas caras?

el hormiguero se mueve
y por momentos
creo que ya no queda hoja para manchar
no queda luz sobre mi cara
todo es negro
negro
negro
negro

¿se ha revertido el efecto?

¿algo se ha equilibrado verdaderamente?
¿te sientes aunque sea mejor persona ahora?

¿eres más moderado?
¿más zen?

¡¿zen?!

¡¿ying?!

¡¿yung?!



martes 30 de agosto de 2011

23- EL MICROSCOPIO DEL AMORRRR: La finalidad del amor


Consigo verlo sólo si hago una increíble fuerza con mi estómago y lucho contra los párpados que se me van cerrando. Sé que mi último parpadeo se acerca. Estoy casi segura que la bala me dio en un riñón y que ahora la sangre está inundando todo mi cuerpo. En cualquier momento va a llegar a mis pulmones y voy a empezar a toser sangre. Esas últimas caras asustadas al ver brotar la sangre negra de mi boca serán seguramente lo último que veré. Siento que me voy hundiendo en el vacío. A pesar de que quiero resistirme a la somnolencia, hay una fuerza física concreta que va relajando mi cuerpo. El Flaco me abraza y no deja de acariciarme y besarme y ya casi no puedo sentir la presión de su abrazo contra mi cuerpo. Todos esos apretones interminables que nos hacían creer que éramos uno solo. Uno. Lo sólido. Mi cuerpo se va apagando y puedo sentirlo de un modo tan preciso que intentar emitir alguna palabra sería un insulto a esta sensibilidad perfecta que me está tomando por completo.

Tengo miedo. Muchísimo miedo. No quiero que esto se termine. El flaco no puede soltarme y sus lágrimas me inundan toda la cara casi al punto de asfixiarme. Me hace mal verlo así pero no tengo fuerzas ni para consolarlo. El más mínimo gesto me cuesta y creo que cualquier señal de mi parte sería contraproducente para su estado de ánimo. Me muero. Él también lo sabe pero no puede verlo porque quiere retener nuestro lazo un poco más. En este segundo los dos sabemos que todo lo que venga en el futuro será peor que lo que vivimos juntos. Me compadezco de él porque sé que su sufrimiento será mucho más largo que el mío. Deberá cargar sobre su espalda una tonelada de momentos de ideas de palabras de sensaciones irrecuperables. Su culito apretado desnudo, su espalda encorvada, un brazo cruzado horizontalmente sobre el pecho y el otro perpendicular con el pucho colgando de la mano. El humo de sus cigarrillos dibujando trazos azules en el aire con la luz que entra por mi ventanal. No hay Dios ni nadie que me reciba en la nada de mi ser apagándose, sólo el sollozo del flaco y sus palabras quebradas…Mi amor! mi amor! Ludi!

Luego de un par de espasmos extraños, siento el peso muerto de Ludi sobre mí. Sus ojos abiertos que me miran y que no me animo a cerrar. Su temperatura que va bajando casi al punto de congelarme la piel. Busco el tatuaje del asterisco en su cuello, le doy un beso y después le giro la cabeza nuevamente hacia mí. La acaricio sin parar y no puedo dejar de notar una mueca inédita en su cara. Quisiera decir que es un gesto de paz, pero no. Es la mueca de la muerte que se burla de mí, de ella, de toda esta farsa que inventamos para prolongar un poco más el inevitable deceso del amor. Ya es de mañana y damos vueltas por toda la ciudad sin bajar de la camioneta. Pasamos por la puerta de varias escuelas para ver a los votantes, sin miedo a levantar ningún tipo de sospechas ya que el cuerpo de Ludi tapa las manchas de sangre del tapizado, y su cabeza contra mi regazo da la impresión de que somos dos parejas que están terminando una larga noche. En parte es cierto. A esta hora los votantes son casi todos viejitos o jóvenes que llegan al comicio sin dormir. El agua que circula por las canillas de la ciudad ya debería estar infectada por la droga, y en consecuencia todos los que la hayan bebido deberían sentir sus efectos. Un semáforo nos detiene cerca de una escuela.

Justo en la esquina, parados al descubierto del sol del invierno, una pareja de ancianos se abraza y se besa tan exagerada y fogosamente como unos adolescentes. Él la aprieta contra su cuerpo con un brazo, y con su otra mano intenta capturar un pedazo de la colgante y abandonada carne del culo de su esposa que, con la mirada perdida y el poco de saliva que puede acumular alguien de su edad, le chuponea todo el contorno de su cuello. Un diariero, apoyado contra un semáforo con su miembro totalmente fuera del pantalón y la pila de diarios colgando de un bolso que le atraviesa el cuerpo, se masturba mirándolos con cara de ternura. Hacia la mitad de la cuadra, justo sobre la escalinata de mármol de la entrada de la escuela, un nene y una nena juegan desnudos al doctor mientras sus padres aplauden y ríen. Los nenes, sin terminar de entender lo que pasa, siguen metiéndose cositas mutuamente en sus agujeritos. Toda la gente que cruzamos parece estar feliz y conforme con el día que les toca vivir.

Adentro de otros autos, en la puerta de los edificios de departamentos, en las veredas, entrando y saliendo de las salas de votación, o en las plazas. En los que hacen malabares en las esquinas, en los que piden limosna, en los que usan camisas de marca metidas en sus pantalones pinzados y viajan en automóviles calefaccionados, en los que van por la calle pateando una pelota de fútbol. En el tono particularmente delicado de las conversaciones callejeras, en cada forma de caminar, en cada cara, en los últimos pelitos en la barbilla de la vieja de la esquina, en su saliva, en los globitos transparentes que viajan por ella, en sus colores atornasolados de reflejos, adentro, en cada molécula, en cada partícula impensable. En el todo lo humano que vemos hoy hay algo nuevo y dulce. La ciudad florece frente a nuestros ojos llenos de lágrimas.

Alguna gente camina por la calle con cara de asustada y otra pasa a nuestro lado tirando besos al aire y cantando canciones de publicidades. Un policía se acerca a nosotros por atrás y se queda mirando fijamente el cuerpo ya rígido de Ludi recostado sobre mí. Primero pienso que está mirando sus tetotas duras y me hierve la sangre. Pero no. El tipo de azul, el brazo armado de la ley, el último eslabón en la cadena de este sistema que queremos cambiar, mira el cadáver de mi enamorada y llora como un bebé. Con la cara desfigurada de tristeza, se clava en mi mirada, me regala una sonrisita de consuelo, y me saluda con la venia. Es un día invernal lleno de sol. La gente está particularmente abierta y empática, de modo tal que cada persona que se nos acerca, nos mira con más detenimiento del normal. En cada semáforo aparece alguien de entre los autos y descubre que en nuestro asiento trasero un hombre va acariciando a su mujer muerta. Alguien se está perdiendo de este día tan bello y alguien, también, llora por una pérdida.  

Avanzamos lentamente y la gente se va acumulando a nuestro alrededor conmovida por lo que ve. Algunos tocan el vidrio y otros simplemente lloran y agachan la cabeza. Un florista regala rosas amarillas a la gente que nos sigue y a las pocas cuadras la parte de atrás de la camioneta ya está casi rebalsada de flores y papelitos con mensajes. Palito rompe un silencio que había durado horas…Si Ludi vivera sería primavera!…Los tres nos reímos y de algún modo el vacío de esa cuarta risa enfatiza la ausencia. Por primera vez en la vida sentimos que el mundo exterior no nos es hostil. Que las personas que nos rodean han superado el miedo y se atreven a adentrarse en el sufrimiento ajeno como si fuese propio. Por primera vez, también, nos damos cuenta que nuestra búsqueda era imposible. Que el amor es siempre un lugar común. Que esa intensidad de sensaciones en la que nos guarece, que ese abrazo sólido y dúlce, viajero e inefable,  es también el que nos acerca al profundo sufrimiento de lo inevitable. Decidimos terminar el velorio en la privacidad del departamento de Ludi. Estacionamos la camioneta y subimos el cuerpo rígido con mucha dificultad por el ascensor. A pesar de que ya hace mucho tiempo que no venimos por acá, al entrar nos atraviesa un intenso olor a Ludi y nos miramos sin decir nada. Depositamos con cuidado el cadáver en la cama y, sentados en torno a ella, nos quedamos los tres mirando por el ventanal mientras escuchamos el murmullo de la multitud que empieza a congregarse en la puerta del edificio.


FIN



lunes 29 de agosto de 2011

22- EL MICROSCOPIO DEL AMORRRR: El operativo


Entramos a Buenos Aires después de casi un mes de ausencia. Todo parece distinto desde adentro de una camioneta cargada. Nos distraemos escuchando la radio, pero la calma no termina de asentarse en ningún momento. Ya estamos sobre la avenida Lugones, una de las cuatro calles circundantes de la planta potabilizadora General San Martín. Son las cuatro de la mañana y sólo circulan autos cargados de pendejos que van y vienen de fiestas privadas porque las discotecas están cerradas por la veda electoral. Brenda se come las uñas desde el lugar del acompañante, y en la parte de atrás Ludi y yo nos abrazamos para calmar un miedo que no se va. Nos aproximamos a la planta y Palito se tira a la derecha y va bajando la velocidad para no pasarse de la callecita lateral que nos dará acceso a la vieja usina,  a la puerta abandonada, y finalmente al piletón del agua potable. Apagamos las luces de la camionera, doblamos lentamente, y nos detenemos al lado de la usina. Durante unos minutos nos quedamos en silencio para ver si alguien se acerca del lado interno de la reja. Brenda y Ludi se quedan en el auto, y mientras Palito va bajando las primeras bolsas, yo me acerco al portón con una gran tenaza en la mano. El corazón me palpita tan fuerte que siento que la sangre ensordece mis oídos. Miro para todos lados y no veo a nadie, así que apoyo la punta de la tenaza sobre el candado que mantiene cerrada la vieja puerta. Lo corto en un sólo golpe seco. La dejo lo suficiente abierta como para que pase una persona y me acerco nuevamente al auto.     

El Flaco tira la tenaza en el asiento de atrás y yo me monto una bolsa sobre el hombro y me meto adentro de la Planta. Uno, dos, tres, seis, ocho, once, catorce pasos y ya estoy parado frente al último de los piletones. Parece que no hay nadie, tal vez sea porque le dieron franco a algunos de los empleados de seguridad por las elecciones. No sé. Con  mucho cuidado de no hacer ruido vierto el contenido de la bolsa en el agua, la enrollo debajo de mi brazo y vuelvo a caminar los catorce pasos hasta la salida. En el camino me lo cruzo al Flaco que ya se acerca con la segunda de las bolsas…Tirala con cuidado…Las chicas están terminando de descargar en un proceso lento que les lleva mucho trabajo, pero falta cada vez menos…Siete y terminamos…Repetimos lo mismo varias veces y todavía nadie parece advertir nuestra presencia. A pesar del frío, los dos transpiramos como si estuviésemos trabajando al rayo del sol y cada vez que me cruzo con el flaco lo oigo respirar con mucha dificultad. Las chicas ya descargaron todo y ahora fuman apoyadas sobre el capot de la camioneta mirando para todos lados. La transpiración hace que el arma en mi cintura se empiece a resbalar y tengo miedo de que se me caiga. Con mi mano libre la acomodo y vuelvo a sentirme seguro.

Termino de tirar la última de las bolsas y de repente una especie de euforia se apodera de mí. Por primera vez en la noche me sonrío y mientras vuelvo a la camioneta le hago un gesto con la mano a Brenda para que vaya encendiendo el motor. Creo que no me entiende. No importa. Ya está. La callecita cruza de Lugones a Figueroa Alcorta, así que sólo debemos arrancar y salir a la avenida con dirección a lo de Ludi, donde pensamos refugiarnos unos días. Todo el operativo duró sólo veinte minutos. Me acerco a la camioneta y el Flaco me abraza mientras Brenda me toca el culo…Terminamos!! vamos rápido!...Ludi me pregunta si cerré la puerta al salir y le contesto que no. Brenda y yo subimos a la camioneta mientras Ludi vuelve para cerrar la puerta de modo que no levante sospechas a la mañana. El Flaco la espera parado afuera con la puerta trasera abierta.  Enciendo el motor.

…Qué están haciendo ahí!!!...Del lado interno de la planta se asoma un tipo con una linterna y algo que parece ser un arma en la otra mano. Ludi se acerca caminando rápido hacia nosotros cuando siento un tiro que retumba en el interior de la cabina e inmediatamente después otro que viene desde afuera. Veo al Flaco con el arma en la mano y deduzco que él fue el que disparó primero. Desde mi posición sólo consigo ver su cara de terror y no sé bien qué es lo que está pasando y no veo a Ludi por ningún lado.

Mientras recupero el aliento apoyando mi brazo sobre la camioneta, miro el culito carnoso de Ludi irse hacia el portón en medio del silencio total de la noche. Cierra la puerta con cuidado y se vuelve hacia mí con una sonrisa enorme en la cara. Ya casi podemos irnos. Escucho como Palito enciende el motor e inmediatamente veo que detrás de las rejas sale un tipo nos ilumina con una linterna y nos grita. Casi sin pensar saco mi arma de la cintura, y apuntando hacia un lugar indefinido, disparo. El tipo responde el tiro y veo a Ludi caer al piso. Brenda desde adentro me grita algo que ya no escucho y corro a auxiliar a Ludi que ahora intenta arrastrarse. La levanto con una fuerza inusitada y la meto en el interior de la camioneta. Palito nos saca arando y a las pocas cuadras baja la velocidad para no levantar sospechas. Ludi está recostada contra mi  pecho y todavía no sé cuán grave es su herida.